Sábado 19 de septiembre de 2026
1 Juan 4:7«Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios.»
La fuente de todo amor
Un niño observaba a su padre mientras llenaba varios recipientes con agua. Después de llenar el primero, luego el segundo y el tercero, el niño preguntó:
—¿Cómo puedes seguir llenándolos?
Su padre señaló la llave que permanecía abierta y respondió:
—Porque no dependen de lo que tienen dentro, sino de la fuente que los está alimentando.
De la misma manera, nuestro amor tiene límites, pero el amor de Dios no los tiene. Cuando permanecemos conectados a Él, encontramos la fuerza para seguir amando aun cuando estamos cansados, decepcionados o desanimados.
A lo largo de esta serie hemos visto muchas características del amor: no es egoísta, no es irritable, gana corazones, enseña, alienta, disciplina y es compasivo. Sin embargo, todas estas cualidades tienen una misma fuente: Dios.
La Biblia declara que el amor procede de Dios porque Él es su origen. No se trata simplemente de una emoción humana o de un sentimiento pasajero. El verdadero amor refleja el carácter mismo de nuestro Creador.
Existen diversas formas de amor humano. El amor familiar, el amor entre amigos y el amor matrimonial son regalos maravillosos de Dios. Pero todos ellos tienen una limitación: dependen de nuestra capacidad humana. En cambio, el amor de Dios es perfecto, inagotable e incondicional.
Ese es el amor que la Biblia llama ágape. Un amor que da sin esperar recibir, que permanece firme en medio de las pruebas y que continúa amando incluso cuando encuentra imperfecciones.
Como padres, muchas veces sentimos que nuestro amor no es suficiente para afrontar cada desafío de la crianza. Y es verdad. Nuestras fuerzas son limitadas. Nuestra paciencia puede agotarse. Nuestra sabiduría puede ser insuficiente.
Pero la buena noticia es que Dios nunca nos pidió amar solos.
Cuando permanecemos cerca de Él, Su amor fortalece el nuestro. Él nos capacita para amar a nuestros hijos con una gracia que va más allá de nuestras capacidades naturales. Nos recuerda que ellos le pertenecen primero a Él y que nosotros somos administradores del precioso regalo que nos ha confiado.
Por eso, la mayor herencia que podemos dejar a nuestros hijos no es material. Es ayudarles a conocer al Dios que los creó, los ama y tiene un propósito eterno para sus vidas.
Dedica hoy un tiempo para agradecer a Dios por el amor que ha derramado sobre tu vida.
Pídele que te ayude a amar a tus hijos no solamente con tus propias fuerzas, sino con el amor que proviene de Él.
Recuerda
El amor verdadero no nace en el corazón humano; nace en Dios y fluye a través de quienes permanecen cerca de Él.
Oremos
Padre celestial, gracias porque Tú eres la fuente de todo amor verdadero. Gracias porque me amaste antes de que yo pudiera comprender tu gracia. Ayúdame a permanecer cerca de Ti para que tu amor transforme mi corazón y se refleje en mi manera de tratar a mis hijos y a los demás. Que pueda amar con paciencia, compasión, sabiduría y fidelidad, reflejando cada día más el carácter de Cristo. En el precioso nombre de Jesús. Amén.