“El Amor perdona”

Día 24

Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre celestial os
perdonará a vosotros. (Mateo 6:14)
Demasiadas veces, nos concentramos en impartir justicia. Somos implacables o arrojamos a nuestro
hijo en una prisión de nuestro propio enojo. Y aunque es nuestra tarea enseñarles que sus acciones
tienen consecuencias, otro propósito igual de invalorable de la crianza es mostrarles que «el amor
cubre multitud de pecados» (1 Ped. 4:8).
Cuando disciplinamos a nuestros hijos, la estrategia final no es solo obligarlos a admitir su culpa,
sino mirarlos a los ojos con ese amor que restaura y asegurarles que los perdonaremos por traicionar
nuestra confianza o romper nuestras reglas. . . otra vez. Nos apena lo que han hecho, pero aun así,
los amamos y decidimos liberarlos; no del castigo o la pérdida temporal de un privilegio, sino del
enojo y la tensión persistentes entre nosotros. Después de una ruptura dolorosa, tenemos que dar el
primer paso para restaurar la relación.
Así resiste el amor. Recuerda las palabras de Jesús: «Bienaventurados los misericordiosos, pues
ellos recibirán misericordia» (Mat. 5:7,9). El amor sabe que el día que dejemos de perdonar,
envenenaremos nuestro propio corazón con amargura y arrojaremos la relación con nuestros hijos
en un descenso vertiginoso hacia el enojo y la separación constantes. También sabe que el amor
verdadero y la falta de perdón no pueden coexistir mucho tiempo en el mismo corazón o en el
mismo hogar. Uno siempre obligará al otro a salir.
El amor sabe cómo ponerse una armadura sólida que es difícil de traspasar con ofensas, y nos da la
sabiduría para confrontar las transgresiones del otro con gracia.
Cuando alguien se niega a perdonar, brota la amargura, se endurecen los corazones y los
sentimientos afectuosos de ternura se desvanecen a un segundo plano. Así que, el amor nos
recuerda que dejemos de lado el enojo, extendamos la mano y restauremos. Tenemos que perdonar
a nuestros hijos como fuimos perdonados (Ef. 4:32; Mat. 18:22).
¿Qué sucedería si tus hijos siempre te vieran abordar los accidentes relacionales con un amor
implacable? ¿Y si te observaran ponerle fin a cada gélido punto muerto con tu cónyuge al pedir
perdón o demostrar paciencia y compasión sinceras?
Entonces, verían claramente el poder del amor en acción. Aprenderían uno de los mayores secretos
para las amistades duraderas y los matrimonios exitosos. Sabrían que cuando los miras a los ojos y
afirmas: «Te perdono», lo dices en serio. Y aunque el tema de su ofensa infantil volviera a surgir
durante una conversación, lo haría a modo de instrucción, no como combustible para una pelea o un
rebrote de enojo pasado.
Es cierto, el perdón es mejor si el otro se arrepiente (Luc. 17:3). Es saludable y bueno para todos; la
maravillosa esperanza y la restauración completa. Pero sin importar lo que hagan los demás, Jesús
dijo que nuestro perdón tiene que ser incondicional (Mar. 11:25- 26) y sin límite (Mat. 18:21-22),
sabiendo que esto siempre impactará nuestra vida espiritual (Mat. 6:14-15).
Igual podemos perdonar, sabiendo que Dios es el verdadero juez y vengador de todo (Rom. 12:19),
y que cualquier raíz de amargura que permitamos que permanezca en nuestro corazón podrá
infectarse, contaminar y envenenarnos (Heb. 12:15).
El perdón no siempre es dulce y suave. Puede ser sumamente difícil. Pero cuanto más se practica y
se transforma en un reflejo, más fácil y más automático se hace.

Cuando perdonas a tu hijo por sus errores (tanto los intrascendentes como los más importantes), le
trasmites un ejemplo increíble que un día también aplicará a cientos de otras relaciones. Incluso
estás contribuyendo a las vidas de tus futuros nietos, quienes probablemente crezcan sabiendo que
siempre habrá un lugar para ellos dentro del corazón de sus padres y de su hogar, no importa qué
suceda . . . tal como tu amor se lo demostró a tus hijos.

TAREA:
Has una marca aquí cuando hayas completado el desafío de hoy.____________

¿Cómo te sientes al haber decidido perdonar?
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¿Qué hizo Dios en tu corazón?
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. . . ¿Quién es éste que hasta perdona pecados? (Lucas 7:49)

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