“El Amor es de Dios”

Día 15

Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. . . (1 Juan 4:7)

El amor de los padres por sus hijos es uno de los sentimientos humanos más poderosos. Desde
sostener a un recién nacido en tus brazos, alentar a tu hijo en un encuentro deportivo o acompañar a
tu hija hasta el altar, el afecto paterno que disfrutamos es hermoso y potente.
La palabra griega storgé describe este amor familiar y el afecto natural que sentimos por nuestros
parientes de sangre, en especial, por nuestros hijos.
La palabra eros, que se refiere al amor romántico y físico entre personas que se aman; o fileos, el
amor fraternal y el afecto que sentimos por los amigos cercanos. Pero storgé, eros y fileos
comparten ciertas restricciones. Están limitados por la capacidad humana.
No obstante, existe un amor más fuerte que todos estos. El amor más real, puro y grande de todos.
Es abnegado y pone a los demás primero. Es incondicional y sacrifica todo. Es imparable porque
«todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor. 13:7).
La palabra griega ágape se refiere al amor que Dios nos manda demostrar más en nuestra vida. El
ágape es único, porque no depende de los sentimientos, las circunstancias ni la conducta de la
persona amada. Es el maravilloso amor que Dios tiene por nosotros como Sus hijos, el que nosotros
también podemos tener por nuestros hijos. . . el amor que estamos describiendo día a día en este
libro.
Nuestro amor paternal es apenas un pequeño charco a comparación del río del amor incondicional
de Dios por nosotros. Pero al conectarnos con Él y con Su provisión inagotable, el amor que
podemos tener por nuestros hijos puede llegar a ser el amor de Dios por ellos.
Detente y piensa en esto, en especial, si no tuviste un padre que te amara así, o si te preocupa que tu
amor para con tus hijos no sea suficiente, por más que te esfuerces.
La realidad es que el amor que Dios puede darte para prodigarles a tus hijos es infinitamente más
fuerte que el que puedes dar como padre. Está fortificado por Su amor, el origen y la fuente de toda
clase de amor.
Así que, parte de nuestro objetivo como padres es comunicarles a nuestros hijos que el verdadero
amor, junto con su valor supremo como individuos, proviene del amor de Dios hacia ellos. Él es
quien los amó y los creó de manera singular. Y Su amor puede sustentarlos, sin importar quién los
rechace o los desilusione en la vida. Su Palabra declara: «Porque aunque mi padre y mi madre me
hayan abandonado, el SEÑOR me recogerá» (Sal. 27:10).
Cada día y con cada nuevo desafío, ten en mente esta verdad que penetra y redirige: tienes la
oportunidad divina de experimentar y representar el amor de Dios. Nuestros hijos no son juguetes
para simplemente fotografiar y hacer que nuestras vidas parezcan más completas. No son límites
para nuestra libertad ni monumentos a nuestra grandeza. Pueden agradarnos y enorgullecernos.
Pueden fracasar y desilusionarnos. Pero nuestros hijos no es una cuestión referente a nosotros. Lo
importante es Aquel que nos los dio, y el amor que tiene por ellos.
En primer lugar, ¿para qué tenemos hijos? Porque Dios los ama y ha escogido compartirlos con
nosotros.
¿Qué representa nuestra relación con ellos? Una imagen viva del amor de Dios por Jesús y por
nosotros.

¿Qué determina el valor de nuestros hijos para nosotros? El inmenso amor de Dios por ellos.
¿Cuáles son tus objetivos al criarlos? Honrar y amar a Dios. . . al amarlos a ellos.
Como Dios los ama. Como nos ama a nosotros.

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¿Te reveló Dios algo nuevo y vigorizante sobre Su amor y cómo puedes amar a tus hijos?
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. . . Mi Padre eres tú, mi Dios y la roca de mi salvación. (Salmo 89:26)

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